La exclusión de Ignacio
Ignacio era uno de esos niños invisibles, a pesar de su altura y fortaleza. Su fuerza fisca y su estatura, junto con un repentino cambio de voz, mostraban una pubertad temprana que contrastaban con su corte de pelo de niño chico, sus lentes y su lenguaje corporal que buscaba en todo momento hacerle imperceptible. Exhibía una personalidad infantil que se caracterizaba por chistes y comentarios que correspondían a los de un niño de menor edad y por un comportamiento berrinchudo por lloriqueos continuos. Desde primero de primaria, Ignacio formaba parte del programa de educación especial de la escuela debido a las deficiencias que presentaba, inicialmente, en lectoescritura y en matemáticas; no obstante, en la actualidad continuaba presentando dificultades para la comprensión de instrucciones, la lectura en voz alta y la resolución de problemas matemáticos. Así mismo, había sido diagnosticaron con un problema visual lo cual culminó con el uso permanente de anteojos. Ignacio no es un niño atlético, de hecho se le dificultaba correr y frecuentemente huía de las clases de educación física. Los problemas de bullying de Ignacio empezaron en 4º de primaria. A pesar de que Ignacio nunca se había caracterizado por ser un niño sociable, ese año sus papás decidieron tomar cartas en el asunto al percatarse de que su hijo estaba siendo excluido de las fiestas de varios de sus compañeros de grado, convirtiéndose así en una víctima de acoso escolar, al estar sufriendo de aislamiento social. Así, después de haber sido excluido de tres fiestas consecutivas, los padres de Ignacio pidieron una cita con la directora y la tutora de la generación. El padre de Ignacio, un hombre prepotente y miembro del patronato escolar, exigió a la directora que se cambiara a su hijo de grupo, esperando que con esa acción se solucionara el problema (aún cuando lo anterior iba en contra de la política de la escuela de no hacer cambios de grupo a mitrad de año). Los padres de Ignacio afirmaban que durante el verano su hijo había estado rodeado de amigos en un campamento, por lo cual la situación de exclusión social de su hijo en la escuela era responsabilidad de la escuela, y tenía que ser resuelta por ésta. La directora y la tutora, resolvieron no cambiar a Ignacio de grupo, apoyando su resolución en los criterios nacionales para la determinación de la violencia en la escuela. Sin embargo se comprometieron a dedicar tiempo dentro de la escuela para actividades específicas de socialización que permitieran a Ignacio relacionarse con sus compañeros. Un par de semanas después, la mamá de Ignacio contactó a la tutora sumamente molesta porque Ignacion había vuelto a ser excluido de una nueva fiesta. La tutora explicó que sólo podía intervenir si el niño de la fiesta había repartido las invitaciones dentro de la escuela, lo cual no correspondía a la situación actual ya que las invitaciones habían sido distribuidas por fuera, pero aseguró que hablaría con la psicóloga al respecto. Por su parte la mamá de Ignacio advirtió a la tutora que pronto organizaría una gran fiesta para Ignacio, a la cual sólo invitaría a un grupo selecto de niños, para que el resto “viera como se siente.” Al enterarse de la situación la psicóloga escolar reaccionó con enojo y pidió a la tutora que hablara con la mamá de Juan, el niño del cumpleaños, pues quizá ésta no estaba al corriente de los problemas de socialización que afectaban a Ignacio. Sin embargo, al ser informada de la situación la mamá del festejado reaccionó cortante ante lo que percibió como una invasión de la escuela a su vida privada, y a sus decisiones personales, no obstante accedió a mandar una invitación para Ignacio. Juan, el niño de la fiesta, era un niño etiquetado por los maestros como difícil. Se le dificultaba mantener su atención en clase: constantemente se paraba de su lugar, platicaba con sus compañeros o bien los molestaba dando zapes, metiendo el pie, imitándolos o riéndose de ellos, era considerado como provocador, pero no necesariamente agresor. En general, Juan se limitaba a ignorar a Ignacio ya que la pasividad con la que éste respondía a su acoso le irritaba; sin embargo, no le había gustado nada que su mamá, por instrucciones de la escuela, lo hubiera obligando a invitarlo a su celebración de cumpleaños. Así que el día de la fiesta, Juan se limito a ignorar por completo a Ignacio. Al día siguiente de la fiesta de Juan, durante la clase de matemáticas, Ignacio salió corriendo del salón llorando sin previo aviso. La tutora lo alcanzó en el baño en dónde lloraba desconsolado, al lograr tranquilizarlo después de varios minutos comentó que había encontrado su estuche roto, pisoteado y lleno de rayones y groserías con plumón indeleble. Ante los hechos, la tutora confrontó al grupo en general y varios niños aceptaron haber participado en la destrucción del estuche, pero afirmaron no saber a quién pertenecía éste. Otros más aceptaron haber sido únicamente espectadores durante los hechos ocurridos. Los agresores, entre ellos Juan, fueron llevados ante la coordinadora quien les pidió que se disculparan con Ignacio y que le compraran un estuche nuevo. No obstante, pasado el incidente no se volvió a hablar del mismo, ni entre los directivos y coordinadores escolares y maestros, ni entre los padres de los niños involucrados. |
Amigos y Enemigos
Ignacio a pesar de ser un niño solitario tenía dos grandes amigos, Carlitos y Miguel. Carlitos era un niño pequeñito, sumamente cariñoso e infantil aspecto que parecía tener en común con Ignacio. Por su parte Miguel, al igual que Ignacio, formaba parte del grupo de educación especial desde muy pequeño. Los constantes cambios en el estado de ánimo que caracterizaban a Miguel afectaban su participación y atención en clase, lo cual a su vez afectaba su proceso de aprendizaje. A pesar de contar con un grupo de amigos, Ignacio era frecuentemente excluido de las reuniones sociales y fiestas que tenían sus compañeros de clase, situación que no padecían ni Carlitos ni Miguel. De ahí que llegado el cumpleaños de Ignacio, fueran sólo invitados sus dos amigos cercanos y algunos otros niños “populares” de la generación, con los cuales Ignacio no tenía relación alguna. María, una mamá que trabajaba como maestra en la escuela narró después que en la fiesta de Ignacio, que éste sólo estuvo con su primo y su hermano pequeño y que los demás invitados la pasaron muy bien juntos pero sin interactuar con Ignacio. Así mismo, María comentó que durante la fiesta la mamá de Ignacio le había comentado, entre lágrimas, lo solo y excluído que estaba su hijo. María a su vez, conmovida, le había comentado que ella pensaba que Ignacio estaba contento con Carlitos y Miguel como amigos, pero que de todas formas hablaría con su hijo Pablo, compañero también de Ignacio, para pedirle que invitara a Ignacio a jugar a su casa. Así, María habló con Pablo sobre Ignacio, y éste le dijo que Ignacio era un bebé y que no lo quería invitar a casa porque no tenían nada en común. A pesar de la negativa de su hijo, María insistió y Pablo accedió con tal de que pudiera invitar a otro niño ese mismo día. Pablo era un niño sumamente deportista, la estrella del equipo de fútbol además de ser un líder nato en la generación y querido por todos. A pesar de ser muy bien parecido y un buen deportista, a Pablo se le dificultaba la escuela un poco, pero sabía pedir ayuda y acercarse a niños con aptitudes académicas para que lo ayudaran. Tal era su relación con Eduardo, quién a pesar de tener un carácter impulsivo (lloraba y se enojaba con facilidad, de hecho cualquier comentario o crítica sobre su persona, ya sea en el ámbito social o académico, podía desembocar en berrinche con lágrimas y gritos), tenía gran facilidad para las labores académicas, y por lo tanto gozaba de la amistad de los chicos populares. Eduardo, con tal de pertenecer al grupo de los populares, no dudaba en burlarse o molestar a aquellos niños que el grupo percibiera como más débiles, sin embargo nunca admitía sus actos agresivos.
A raíz de los incidentes de acoso hacia Ignacio, la escuela, a través de la tutora de grado, organizó una serie de estrategias de socialización, con el fin de favorecer la integración del grupo. Se organizó, por ejemplo, una fiesta después de clases en la que se hicieron equipos de convivencia entre los distintos niños. Durante la fiesta, Ignacio participó con entusiasmo, riendo y aportando, en la mayoría de los juegos que incluían grupos mixtos de niñas y niños. No obstante los esfuerzos de socialización, en los días que siguieron a la fiesta todo regresó a la normalidad, e Ignacio no volvió a hablar con los compañeros con quienes compartió equipo durante la fiesta.
El acoso y actos de bullying contra Ignacio continuaron, la mayoría de las veces sin poder identificar al o a los agresores. Continuaron apareciendo dibujos agresivos y pintas en sus cuadernos, y desparecieron varios útiles escolares de su estuche. Sin embargo, no todos los acontecimientos fueron atribuidos a terceros. Por ejemplo, en una ocasión en que desaparecieron un cuaderno y un libro, dicho evento fue atribuido a la distracción de Ignacio; lo mismo ocurrió cuando Ignacio quedó atrapado en el baño, y se consideró que aquello se había debido a una avería en la puerta del baño. Por lo cual, a medida que se repetían las agresiones, Ignacio prefirió guardar silencio. A pesar de que en la escuela Ignacio pasaba largo rato con Carlitos y Miguel, era cada vez más frecuente verlo solo paseando por el patio o sentado dentro del salón de clases comiendo. Así mismo, comenzaron a suscitarse peleas entre Ignacio y Carlitos, cada una más violenta que la anterior. Incluso, en dos ocasiones los niños acabaron a golpes: la primera porque en la clase de música Ignacio no dejó a Carlitos sentarse en la banca del piano; y la segunda porque Carlitos le dijo a Ignacio que Harry Potter era para bebés. En ambos casos los niños fueron canalizados a la psicóloga. Así mismo, los episodios de lloriqueo y exabruptos emocionales de Ignacio fueron incrementando. En una ocasión, durante una coreografía sobre el sistema solar en el patio de la escuela, Ignacio, quien representaba a un planeta, se movió en sentido contrario al resto de los niños, ante lo que varios compañeros reaccionaron gritándole a Ignacio que parara inmediatamente, acto seguido Ignacio abandonó la actividad llorando con intensidad. La maestra pidió a Carlitos que fuera por Ignacio al baño mientras terminaba la clase. Carlitos reportó que Ignacio estaba “llorando como bebé” y que no quería decirle lo que tenía. La maestra regresó al grupo al salón y fue tras de Ignacio para llevarlo con la psicóloga. La psicóloga logró que Ignacio se calmara, después de un largo rato de un llanto desconsolado, y trató de trabajar con él cómo podría haber manejado la situación de forma diferente. Sin embargo, Ignacio se limitaba a afirmar que “todos lo odiaban”. La psicóloga intentó explicarle que no había sido personal y que le podía haber sucedido a cualquiera, pero Ignacio repetía una y otra vez que “todos lo odiaban.” Al término del año escolar, la directora, la psicóloga y la tutora mandaron citar a los papás de Ignacio. Los padres reconocieron que la escuela había hecho su parte en promover actividades de socialización y creían ver mejor a su hijo. La psicóloga les mencionó que le preocupaban las reacciones emocionales de Ignacio, y que sería recomendable que éste asistiera a una terapia de habilidades sociales. Ante la sugerencia, el papá de Ignacio adoptó un tono agresivo y afirmó que no creía en ese tipo cosas, y que quizá esa no era la mejor escuela para Ignacio. Estas palabras tuvieron un fuerte efecto en la directora, pues perder alumnos era severamente cuestionado por el patronato de la escuela. Así, la directora pidió a los padres de Ignacio que no se preocuparan, ya que el año siguiente iba a haber cambios en la conformación de los grupos y que seguramente esto ayudaría mucho a Ignacio. |
Un problema, múltiples causas y soluciones
El nuevo año escolar trajo dos cambios importantes en la vida de Ignacio: sus padres estaban en proceso de divorciarse y su cuerpo había entrado a la pubertad plena.
El motivo detrás del divorcio de los padres de Ignacio se debía, según su mamá, a que el papá viajaba constantemente y esto les hacía daño a sus hijos, además de las altas e incumplibles expectativas que éste esperaba de los niños. Estos cambios no parecían haber afectado a Ignacio, quien seguía siendo un niño retraído, silencioso y tímido con retos académicos y motrices aún sin franquear. Sin embargo, la madre aseguraba que Ignacio estaba mucho más contento y tranquilo desde que su papá se había ido de casa.
Carlitos seguía siendo un amigo cercano a Ignacio, sin embargo Miguel se había distanciado de ambos y había hecho nuevos amigos. No obstante, Ignacio seguía peleando constantemente con Carlitos.
En una reunión con la psicóloga, ésta le comentó a la mamá de Ignacio sobre la dificultad del niño para expresarse, y del reto que le presuponía la diferencia entre su desarrollo físico y sus intereses todavía de niño pequeño. Así mismo, le expresó que los problemas sociales de Ignacio parecían estar limitados a su relación con Carlitos, o bien relacionados a situaciones frustrantes ligadas a sus deficiencias físicas e intelectuales. La mamá se mostró sorprendida de toda esta información, pero dijo estar dispuesta a que su hijo recibiera ayuda psicológica, siempre y cuando la escuela la apoyara en convencer al papá de Ignacio de que él también aceptara; sin embargo, el papá de Ignacio no pudo ser contactado.
En los meses subsiguientes, los actos de acoso hacia Ignacio continuaron. En una ocasión, Ignacio encontró sus lentes rotos al regresar de educación física. No obstante, la maestra a la que dio avisó, consideró que había sido un accidente y le indicó que tenía que cuidar sus posesiones y guardar los lentes en su estuche antes de dejar el salón de clases. Siguieron apareciendo pintas y dibujos ofensivos en su escritorio, haciendo referencias grotescas sobre Ignacio o ridiculizándole, lo cual provocaba que Ignacio rompiera en llanto. El niño estaba convencido de que el responsable de los dibujos era Carlitos, quien lo negaba fervientemente. Los dos niños dejaron de hablarse por varias semanas.
Al término del año escolar, llegó el turno de Ignacio se ser el “experto de la semana,” siendo esto último una actividad de comunicación oral que consistía en preparar una presentación sobre algún tema en el que el alumno en turno fuera “experto”. Ignacio había preparado la plática con anticipación y con ayuda de su mamá. Estaba muy emocionado de poder compartir con sus compañeros sus conocimientos sobre el cine. El día de la presentación, Ignacio trajo a la escuela para presentar 40 películas, incluidos sus filmes predilectos, para hablar de ellas a sus compañeros. Su presentación fue breve pues hablar en público era un enorme reto para él. Al finalizar, muchos de los compañeros hicieron preguntas sobre las películas, y se mostraron sorprendidos e interesados por los conocimientos tan amplios que poseía Ignacio sobre el tema. Ignacio estaba emocionado, y también un tanto apenado por la atención recibida. Finalizó su presentación con una gran sonrisa y mucha satisfacción, se sentía feliz, se sentía aceptado.
Un par de horas después de la presentación, Miguel y Carlitos fueron a buscar a la tutora del grupo para informarle, en estado de alteración y con enojo, que las películas de Ignacio habían desaparecido de su casillero, y que ante lo sucedido Ignacio se encontraba en el baño llorando.
La tutora habló con Ignacio, quien lloraba devastado. Éste le mostró el casillero en el que había una bolsa con 5 o 6 películas junto con algunas cajas vacías. El casillero no tenía candado pues un par de días antes el candado había desparecido, según informó el mismo Ignacio.
La tutora narró lo sucedido a la directora. La directora le pidió que convocara a una reunión de urgencia con toda la generación. Los alumnos se reunieron con la directora, la coordinadora, la psicóloga escolar y la tutora. Al hacer mención sobre lo sucedido, varios niños y niñas se mostraron indignados ante la posibilidad de ser inculpados, otros reían en silencio y otros más platicaban con sus compañeros. La directora enfatizó que lo sucedido era sumamente grave pues significaba robar la propiedad de otro, por lo cual se recomendaba al autor del delito confesar su acto, pues de lo contrario se consultarían las cámaras de seguridad de la escuela y la consecuencia sería peor (en realidad la escuela no tenía cámaras de seguridad en la sección del robo), agregó que los observadores que no ayudaran en la averiguación estarían siendo cómplices de un crimen. La dirección comprendió que nadie confesaría abiertamente, por lo cual colocó una cubeta en la dirección para poder denunciar por escrito de forma anónima.
Inmediatamente después de la reunión, Pablo fue a buscar a la tutora del grado para anunciarle que conocía el paradero de las películas de Ignacio. Acto seguido, se interrogó a Pablo sobre el autor o autores del robo. Pablo sabía la respuesta pero no se atrevía a confesar pues amigos suyos estaban involucrados en el asunto. Las películas estaban guardadas en un casillero. La mayoría de las películas se encontraban completamente rotas o pintadas con plumón indeleble, totalmente inservibles, sólo unas cuantas estaban enteras pero sin sus cajas.
La tutora cuestionó nuevamente a Pablo sobre los autores de tal destrucción, ya que aseguró que las películas tendrían que ser restituídas a su dueño.
Pablo se puso rojo y se le llenaron los ojos de lágrimas, y con gran pesar confesó su participación en el incidente, expresando el sentimiento de horror que experimentó al ver el sufrimiento de Ignacio. Sin embargo, el miedo lo invadía ante la posibilidad de delatar al resto de los agresores.
Se contactó a la mamá de Ignacio para explicarle la situación, pues Ignacio llegaría a casa sin películas. Se le aseguró que la escuela estaba tomando medidas al respecto y que la mantendrían al tanto.
La directora mandó citar a algunos sospechosos para tratar de que confesaran. La tutora pidió estar presente pues le preocupaban los niños, pero la directora le dijo que prefería hacerlo sola para que los niños no sintieran que tenían una aliada. Finalmente, fue la psicóloga escolar quien interrogó a los alumnos, comenzando con Juan:
“¿Cómo es tu relación con Ignacio?” le preguntó.
“¿Quién es Ignacio?” respondió Juan con una gran sonrisa.
“Juan ya sabemos todo lo que hiciste, tu actitud no está ayudando” le dijo la psicóloga con dureza.
“No, en serio, yo no fui las ideas siempre son de Pablo y Eduardo, yo sólo les hago caso.”
“¿Qué ideas han sido de Eduardo?” insistió la psicóloga.
“Bueno lo de los lentes, lo del candado y algunas otras cosas como lo del estuche” confesó Juan.
“Y en esto de las películas ¿tú no tuviste nada que ver?” acusó la psicóloga.
“No” juraba Juan.
“Acuérdate que si dices la verdad te metes en menos problemas y aparte los demás ya nos dijeron lo que hiciste” instigó la psicóloga.
“Bueno la verdad es que yo fui quien agarró las películas y pinté una, pero también fui yo el que las regresó al casillero, me las iba a llevar a mi casa pero mejor se las regresamos” confesó finalmente Juan.
“¿Quién pintó y rompió las demás películas?” insistió la psicóloga.
“Pablo y Eduardo” contestó resignado Juan.
A la mañana siguiente la psicóloga mandó llamar a Pablo, a Juan y a Eduardo. Se les advirtió que estaban ahí porque había sucedido algo muy grave. Eduardo empezó a llorar y a gritar asegurando que todo era una venganza de Juan, y que él no tenía nada que ver. La psicóloga le dijo que era una investigación y que nadie acusaba a nadie todavía. Juan aceptó haber tomado parte en todas las agresiones porque: “era chistoso ver como Ignacio no hacía nada o se iba llorando como loco.” Mencionó que en todas las ocasiones había habido otros compañeros con los que compartía el chiste y que observaban divertidos cuando se dañaban las cosas de Ignacio, y que inclusive durante el incidente de los lentes Carlitos había visto y se había reído con el resto de los niños de la agresión cometida.
Eduardo continuó llorando en silencio. Cuando la psicóloga preguntó a Pablo de quién habían sido idea estas bromas, Pablo contestó: “ ¡Ya deja de llorar y de hacerte el inocente Eduardo, ya Juan dijo que todo fue tu idea, aguántate!”
Al final, se le pidió a los agresores que escribieran y firmaran cada uno su confesión frente a la directora, la tutora y la psicóloga, desglosando lo que cada uno había hecho. En el escrito de Eduardo se decía que él no había hecho nada y que Juan y Pablo lo odiaban.
Finalmente, la escuela citó a los padres de todos los niños involucrados a una Junta de Conciliación y Ética Escolar, presidida por las autoridades escolares (directora, coordinadora, tutora y psicóloga escolar) para dar explicación sobre los hechos sucedidos y decidir sobre las consecuencias y sanciones que tendrían los actos cometidos por los agresores, y sobre la posible solución e indemnización que se ofrecería a la víctima.
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FUENTES: Caso Bullying [Trabajo Escolar]